El mal viste de blanco

El Señor de la oscuridad estaba aburrido de sí mismo. Detestaba el color negro, la noche y el ostracismo al que había sido condenado. Hacía tiempo que venía tramando un cambio. Sabía que la verdadera victoria pasaba por hacer creer a la gente que no existía.  

A lo largo de su vida, íntimamente ligada a la de los hombres, había adoptado mil rostros. Fue Abigor, Duque de los infiernos y comandante de sesenta legiones infernales. Se le conoció como Abraxas, el de la cabeza de gallo y pies de serpiente. Los Babilonios lo conocieron como Addu, el Dios de la tormenta. Incluso tomó la forma de una mujer, Alouqua, demonio y vampiro con especial inquina hacia el sexo masculino.

Satán, Belcebú, Lilith, Belial, Apollyon, Lucifer, Luzbel, le habían llamado de mil maneras, se había presentado de todas las formas posibles y en todas las regiones del mundo.

Estaba aburrido, desmotivado, hacía tiempo que no disfrutaba de su trabajo. Ya no condenaba con el mismo gusto, sus plagas y enfermedades habían perdido gracia, su poder no era el de antaño. Hacía tiempo que había entendido que si quería continuar con su cometido debía desproveerse de sus antiguos ropajes, tenía que cambiar su estrategia. Nada de hedores, nada de atemorizar, necesitaba una nueva forma, algo que encandilase, con gancho, con capacidad de destrucción, pero nada lo suficientemente evidente como para ser descubierto. Tenía que acabar con la humanidad poco a poco, de manera silenciosa.

Así que, sigiloso, sin casi hacer ruido había conseguido mutar. Había logrado entrar en todos los hogares, filtrarse en las más altas instancias políticas, se le era permitido anunciarse en televisión, disponía de libre albedrío y estaba presente en los momentos de mayor regocijo humano. Pobres ilusos, le estaban poniendo su alma en bandeja de plata sin saberlo. Había conseguido hacerlos enfermar, desmotivarlos, venderse por un puñado de aquella esencia demoníaca.

Ahora sí, estaba redescubriéndose, se sentía verdaderamente motivado, había encontrado un nuevo rol que le mantendría entretenido unos cuantos años más.

Sentía que el blanco, su nuevo color, cristalino y brillante le sentaba como un guante.

Y como diría Ray en Cazafantasmas: “No he podido evitarlo… se me coló dentro… intenté pensar en algo ingenuo, pensé en los dulces que comía en mi niñez y pensé en alguien que jamás sería capaz de destruirnos, el muñequito de los Marshmallows… solíamos tostar Marshmallows cuando íbamos de campamentos”.


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Historias Deliciosas, de Fernando Rodrigo y Rebeca Khmalichi.
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FOTO: Sugar Lips, de Jeanny Schmidt. (CC BY 2.0).

CC BY-SA 4.0 Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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