¿Por qué necesitamos reír después de la tragedia?

Apenas habían pasado 4 días después de los atentados de Barcelona y Cambrils cuando el ya famoso major Trapero, de los Mossos d’Esquadra, abría la vávula de escape. Trapero contestaba en catalán a una pregunta que le habían hecho en catalán; algún periodista extranjero se sintió molesto y se marchó de la sala de prensa. Trapero respondió lacónico: “Bueno, pues molt bé, pues adiós”. La frase parecía la señal que estábamos esperando para dejar escapar alguna risa después de aquellos días de dolor. Las redes sociales recuperaron su habitual tono socarrón: algo de cachondeíto volvía a la calle por orden del major Trapero.

¿Por qué necesitamos reír tan pronto después de la tragedia? ¿Por qué a veces el humor irrumpe, con mayor o menor acierto, en medio incluso de los acontecimientos más dolorosos? Seguro que conoces a alguien a quien le entró la risa floja en medio de un funeral, tal vez tengas el típico amigo que siempre hace una broma alrededor de los problemas, y todos hemos reprimido alguna risita boba cuando hemos visto a alguien que sufre un tropezón y cae despatarrado.

Seleccionados para el humor

En el caso de tragedias colectivas, los grupos sociales también respondemos de forma parecida. Ya hemos hablado aquí de que un cierto estado básico de buen humor podría ser el tono natural de reposo en nuestro cerebro —possitive mood offset. Según algunos autores, es probable que durante nuestro pasado evolutivo hayamos sido seleccionados, entre otras cosas, por mostrar un cierto estado anímico positivo (artículo). Esta preciosa hipótesis encajaría con diversos estudios que han encontrado bastante relación entre la habilidad humorística de las personas y su éxito reproductivo (estudio, estudio, estudio).

En busca del primer chiste

El origen ‘paleolítico’ del humor es difícil de desentrañar, pero existe cierto consenso entre antropólogos y psicólogos evolutivos en que el humor está presente en todas las sociedades estudiadas, incluyendo aquellas que nos ofrecen una posible ventana hacia nuestro pasado evolutivo (estudio). Sabemos, por ejemplo, que los aborígenes australianos quedaron aislados hace unos 35.000 años y, desde los primeros contactos con antropólogos occidentales mostraron un sentido del humor homologable al de otras sociedades: esto invitaría a pensar que el humor debió de surgir antes de esa fecha.

Un cerebro para la risa

Nuestro cerebro parece estar diseñado para reír. Uno de los primeros reflejos de los bebés al nacer —e incluso dentro del útero— es la denominada sonrisa espontánea o sonrisa angelical, un posible mecanismo de supervivencia que desata una explosión de dopamina en el cerebro de las madres (estudio) y que podría servir para reforzar ese vínculo maternofilial o, como mínimo, para entrenar el músculo cigomático mayor (el que usas para gesticular durante la risa), lo que más adelante ayudará al pequeño a socializar. Nuestros primos primates lo hacen y verlo en macacos es para derretirse.

La ventaja evolutiva del humor

Existen bastantes teorías sobre cómo el humor podría haber sido benefioso a lo largo de la evolución del ser humano: el propio Darwin, que era bastante chistoso, le estuvo dando vueltas en su obra La expresión de las emociones en el hombre y los animales. Por cierto, no todas las explicaciones para el humor son divertidas; recuerda que a la naturaleza le importa un pimiento herir tus sentimientos.

De los inuit al freestyle

Así, por ejemplo, se ha conjeturado que podría ser un mecanismo que ayuda a establecer jerarquías sociales mediante el uso de bromas sobre los más débiles, lo que reforzaría el liderazgo de unos sobre el ostracismo de otros (artículo). No parece muy gracioso, pero, si lo piensas, sería una forma no violenta de establecer lealtad y vínculos y delimitar quién pertenece a tu entorno y quién queda fuera. Así, por ejemplo, los inuit de Groenlandia solían resolver conflictos mediante un enfrentamiento verbal en el que se ridiculizaba al oponente, algo que, en nuestros días, puedes observar en los duelos callejeros de improvisación con rimas —batallas de gallos, freestyle— habituales en el entorno urbano del rap.

Esta opción explicaría formas de humor con tintes de abuso, como por ejemplo la burla sobre cualidades físicas de otras personas, pero no terminaría de dar soporte a formas de humor menos agresivas, como los juegos de palabras o el humor del absurdo.

Chistes en busca de información

Otros autores (ejemplo) sugieren que el humor es una forma de intercambio social de estímulos informativos. Hacer una broma sería algo así como salir a cazar información en tu entorno. Aquellos que pillan el chiste te lo comunican mediante señales acústicas y visuales bastante llamativas: la risa. Eso te ayudaría a saber quién te entiende—aliados potenciales, parejas deseables…— y elevaría tu estatus mediante la gratitud de los demás por el buen rato.

Aquí no ha pasado nada

También se ha propuesto la denominada “hipótesis de la falsa alarma” (aquí) , según la cual, la risa sería una forma de comunicar al grupo que alguna anomalía en el entorno no entraña un peligro real. En muchas ocasiones se ha definido lo humorístico como una alteración repentina del orden, de las expectativas o de la secuencia esperada de acontecimientos o palabras. Cuando constatamos que esa alteración sorpresiva no es peligrosa, lo comunicamos a los demás mediante la risa. Esto explicaría, por ejemplo, la risa por cosquillas: una amenaza aparente que resulta no ser dañina. También encajaría en el hecho de que el humor visual —las clásicas caídas y golpetazos en el cine o en el circo— sea hilarante, ya que no son amenazantes desde la butaca. Incluso, según los autores, ayudaría a entender por qué algunas personas con lesiones cerebrales en el cortex insular o en el ventromedial prefrontal pueden reaccionar riendo a estímulos que deberían ser dolorosos —asimbolia del dolor—: si les pinchamos el dedo con una aguja, su cuerpo emite las señales correctas, pero al no llegar a su destino, los pacientes encuentran divertida esa discordancia y emiten la señal (la risa) que informa de que el pinchazo no es un peligro (aunque en este caso lo es, pero su cerebro no lo siente).

Algo parecido nos explica Caleb Warren, que lleva años investigando el humor en la Universidad de Arizona:

“El humor está estrechamente asociado con una amplia variedad de amenazas, incluidas las tragedias. Mi investigación sugiere que la gente ríe y experimenta humor cuando valora una de estas amenazas (es decir, violaciones) como benigna. Esta opinión es consistente con la investigación que sugiere que una de las funciones primarias del humor es ayudar a la gente a hacer frente a circunstancias desafortunadas, incluyendo tragedias. En lugar de pasar el resto de su vida enfadadas, la risa y el humor pueden ayudar a las personas a aceptar y ,en última instancia, superar el dolor asociado con una tragedia para que puedan seguir viviendo una vida normal”.

Una forma de modular normas sociales

Para saber más, hemos hablado con Joseph Polimeni, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Manitoba (Canadá) y autor de varios estudios sobre el rol evolutivo de la comedia. Desde Winnipeg, nos explica que el humor podría ser una buena forma de corregir normas sociales:

“el humor y la risa son rasgos evolutivos que se centran en las discusiones sobre las violaciones sociales arbitrarias. Las declaraciones humorísticas tienden a resaltar indirectamente los parámetros básicos de las normas sociales, y permiten a los participantes obtener un mejor sentido de su arbitrariedad. En mi opinión, el humor es una de las muchas herramientas que permiten al Homo sapiens modificar las normas sociales.

¿Cuándo podré hacer un chiste?

Pero claro, el humor tiene sus normas y, a medida que nuestras culturas se han vuelto más complejas, los chistes también han tenido que adaptarse. De hecho, desde hace tiempo vivimos debates recurrentes sobre los límites del humor y la idoneidad de ciertas bromas sobre asuntos que depiertan suspicacias y sensibilidades —religión, raza, sexo, enfermedad…—.

Según Warren,

“Todo depende de la superficialidad de la relación entre un individuo y una tragedia dada. Por ejemplo, todos hemos oído chistes sobre Jesús en la cruz, y eso es principalmente porque la mayoría de nosotros no tiene conocimiento directo de alguien que haya sido torturado de esa manera. Si lo tuviéramos, esas bromas no serían tan graciosas.”

La frase desenfadada del major Trapero cumplió su función distensora, pero es cierto que no tenía relación con la verdadera tragedia, los ataques —lo que habría sido difícilmente tolerado—, sino que abrió una vía de escape por una ladera más suave: cierto hartazgo alrededor del debate lingüístico en Cataluña. En efecto, parece que todavía es pronto para encajar bromas sobre los atentados, pero en cierto modo, el comentario del mando policial parece haber sido abrazado como una señal de que lo peor del peligro físico inminente ha pasado.

Todavía no es gracioso

Existen diferencias sociales y culturales entre individuos y grupos: parece que en países con una cultura más violenta, como EEUU, las bromas sobre violencia se toleran mejor que en países más pacifistas, como Japón. También se ha investigado cómo el personal de emergencias —médicos, policías…— llegan a usar el humor (negro) como una forma de lidiar con el estrés y evitar un vínculo afectivo con pacientes o víctimas, lo que sería insostenible dado su trabajo (estudio). Nuestro compromiso personal con una cierta realidad hace que el mismo chiste sea ofensivo para unos y divertido para otros. Así que habrá gente que nunca encuentre gracioso un chiste sobre el terrorismo, pero algunos análisis sugieren que el paso del tiempo sí abre la puerta a tolerar ciertas bromas.

Para Polimeni,

“hay muchas razones posibles para la expresión del humor después de una tragedia, sin embargo, algunas razones comunes podrían ser una desconexión inconsciente de las emociones dolorosas alternativas, o tal vez la lucha por una normalización de la vida.”

Dos semanas después de 147 muertes

Para tratar de descifrar cómo cambia nuestra tolerancia hacia el humor sobre tragedias a lo largo del tiempo, un equipo de investigadores realizó mediciones sobre el efecto que tenían ciertas bromas alrededor del huracán Sandy, que mató a 147 personas en EEUU a finales de octubre de 2012 (artículo). El resultado mostró que los chistes tenían cierta gracia el día antes del impacto del huracán, pero dejaron de tener gracia en medio de la tormenta y durante los días inmediatamente siguientes. Sin embargo, al cabo de unos 15 días, los chistes empezaron a recibir puntuaciones más positivas y alcanzaron sus mejores resultados entre 30 y 40 días después de que el huracán tocase la costa estadounidense. Más tarde, los chistes empezaron a perder atractivo de nuevo, en esta ocasión porque el huracán ya quedaba demasiado lejos y no formaba parte de la conversación pública. Parece confirmarse la famosa cita atribuida a Woody Allen, pero que podría ser en realidad de Steve Allen: “Tragedia más tiempo igual a comedia”.

Dónde estaba King Kong el 11-S

En España sabemos que sí se pueden hacer chistes sobre el terrorismo. Lo que es más dudoso es que se puedan publicar.

Y no, no es un rasgo único de nuestro país. Giselinde Kuipers es profesora de sociología cultural en la Universidad de Amsterdam y autora de un conocido análisis sobre las bromas alrededor de los atentados del 11 de septiembre titulado “Dónde estaba King Kong cuando lo necesitábamos“. Según ella, este tipo de bromas sobre las peores tragedias son “una rebelión contra el discurso oficial sobre el humor, según el cual el humor es inapropiado en momentos de desastre y que algunos temas son demasiado serios para tomárselos a broma. Cada intento de prohibir el humor, tiende a evocarlo y muchas bromas sobre desastres son atractivas simplemente por ser tan inapropiadas“.

Warren añade: “la gente bromea sobre el holocausto, así que dudo que haya alguna tragedia sobre la que nadie haya bromeado” y nos recomienda uno de sus chistes favoritos sobre terrorismo, de la web de parodias informativas The Onion:

Los secuestradores [de los aviones del 11S], sorprendidos de encontrarse en el infierno“.

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