¿Por qué no hay atletas negros en CrossFit?

Preguntamos a algunos de los mayores expertos sobre diversidad racial en el deporte y esto es lo que opinan sobre la “blancura” del CrossFit.


Hay que hacer scroll hasta el puesto treinta y seis, de cuarenta, para encontrar a un negro en la clasificación final de los Reebok CrossFit Games de este año: Elijah Muhammad. Entre las mujeres, la primera y única negra es Alethea Boon, vigésimo primera. ¿Por qué no hay negros en la élite del CrossFit? Hablamos con algunos investigadores de EEUU para tratar de buscar una explicación a un fenómeno que suscita controversia cada cierto tiempo.

Menos negros que en el tenis

Cerca del 13 por ciento de la población estadounidense se define como negra o afroamericana. La presencia de personas negras en algunos de los deportes estelares en EE.UU. es abrumadora: según la temporada, el porcentaje de deportistas negros oscila entre el 74 y el 80 por ciento en la NBA y alrededor del 70 por ciento en la NFL. Sin embargo, esta proporción desciende hasta el 7 por ciento en el caso del béisbol —que sufre una larga pérdida de jugadores negros desde el pico de los años 80, cuando llegaron a superar el 18 por ciento—. El siguiente deporte en popularidad entre los estadounidenses, con permiso de las carreras de coches, es el tenis, donde la presencia de deportistas de alguna minoría sigue siendo esporádica: según datos de la NCAA, en el tenis universitario, apenas hay un 2,7 por ciento de negros. En el CrossFit parece haber menos aun. Elijah Muhammad y Alethea Boon representan solo el 2,5 por ciento de los atletas en los Reebok CrossFit Games y el resto de minorías no salen mejor paradas. ¿Por qué?

Las teorías van desde el dudoso y polémico determinismo genético hasta las más sesudas explicaciones socieconómicas y culturales. Veamos…

Una fantasía blanca

Matt Crocket, del departamento de kinesiología de la Universidad de San José, en California, acaba de publicar en el Sociology of Sport Journal, un curioso y hasta divertido estudio etnográfico sobre sus peripecias en un par de boxes de CrossFit de la bahía de San Francisco. En uno simuló ser un novato algo patoso para experimentar en sus carnes cómo se desarrollaba el proceso de aceptación en el grupo. En el otro box había ejercido durante años como instructor de halterofilia, lo que le ofreció una posición privilegiada desde el punto de vista de los coaches . Según Crocket, una parte del fenómeno crossfitero podría tener que ver con el deseo culpable de ciertas élites de desembarazarse durante unas horas de sus privilegios. “El espacio del CrossFit ofrece a los miembros, muchos de los cuales provienen de una clase laboral bien educada, rica, crecientemente sedentaria y tecnológicamente dependiente, una forma de conseguir las señas de identidad de la clase obrera sin la pesadez de sus trabajos ni sus bajos salarios”. En este sentido, la típica estética industrial del box, a menudo en polígonos empresariales, en viejas naves y talleres apenas remodelados, contribuye a alimentar esa paradoja: parecería un deporte barato, casi cutre, pero en el estudio de Crocket no lo es. “Los aristócratas de hoy están pagando una prima por el privilegio de una hora de falso trabajo manual en un almacén polvoriento en el área más sórdida de la ciudad”, afirma Crocket.

“Los aristócratas de hoy están pagando una prima por el privilegio de una hora de falso trabajo manual en un almacén polvoriento en el área más sórdida de la ciudad”

En su análisis, Crocket no detectó grandes carencias de diversidad racial en la asistencia al box, lo que según él respondería al emblemático perfil internacional de los trabajadores en Silicon Valey. “Sin embargo —añade— esta diversidad étnica contrasta con una clara uniformidad socioeconómica”, en parte determinada por la cuota mensual de 200 dólares en aquellos boxes. Es decir, en amplias zonas de EE.UU. donde raza y pobreza van de la mano, el precio del CrossFit podría estar dejando fuera a las minorías.

Un marine de EEUU durante un curso e formación como instructor de fitness.
Un marine de EEUU durante un curso e formación como instructor de fitness.

Del precio a la música

Jenny Lind Withycombe es profesora de Estudios Críticos del Deporte en el Departamento de Estudios Étnicos de la Universidad de Colorado Boulder. Además, tiene una amplia trayectoria deportiva como palista. En su opinión, hay dos factores que conspiran contra la pluralidad del CrossFit.

Por un lado, el coste económico actúa como filtro de clase, pero además, existen otros condicionante sociales y culturales que merman la diversidad racial. “El CrossFit, como otros muchos fenómenos deportivos en EEUU, es relativamente caro, no es el tipo de sistema que ofrezca descuentos o tarifas diarias, como están haciendo algunos estudios de yoga para animar a un rango económico más amplio: incluso alguien de clase media como yo tendría problemas para pagar una tarifa regular y la mayor parte de la población es clase media o inferior, también entre personas de color. Los ingresos dan para el día a día y una parte significativa de los estadounidenses es cada vez menos capaz de acceder al deporte a medida que se privatiza cada vez más”, denuncia Withycombe.

“Una parte significativa de los estadounidenses es cada vez menos capaz de acceder al deporte a medida que se privatiza”

Por otro lado, existen señales y normas no escritas que laminan discretamente la diversidad racial de deportes como el CrossFit. “Veo el CrossFit como el Pilates o el yoga: son modas de la América blanca, no son espacios de bienvenida para afroamericanos o gente de color en general”, señala Withycombe, que nos explica una anécdota de su propia experiencia en el remo: “Es un deporte históricamente para blancos ricos y en mi equipo yo soy una anomalía. He trabajado durante años para aumentar la diversidad racial y económica en el deporte, pero, como me dijo un estudiante de 7º grado: «no voy a asomarme a un embarcadero y ser el único chaval negro por allí». Con frecuencia, —nos explica la profesora— espacios como este y el CrossFit no son abiertamente hostiles, sin embargo hay microagresiones que los hacen incómodos: la selección musical, la conversación, las expresiones culturales, las exclusiones intencionadas o no… Todo envía mensajes sobre quién es bienvenido y quién no”.

Cuánto flota un negro

Pero entonces, ¿no hay razones biológicas para explicar la mayor o menor presencia de minorías étnicas o raciales en ciertos deportes? En el año 2010, Adrian Bejan, profesor de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Duke y uno de los autores más citados en su campo, publicaba un curioso artículo titulado La evolución de la velocidad en atletismo: Por qué los corredores más rápidos son negros y los nadadores son blancos. Según su análisis, pequeñas variaciones en la altura del centro de gravedad o las diferencias en la flotación por la densidad ósea y el tejido adiposo, explicarían por qué un atleta negro puede correr más rápido y por qué le costaría más nadar. Es solo un ejemplo entre los numerosos artículos que han tratado de identificar diferencias en el desempeño deportivo en función de la raza. Todavía no se ha publicado ningún estudio riguroso sobre supuestas diferencias raciales en CrossFit, pero ¿este tipo de investigaciones sobre el genotipo y el fenotipo de ciertas razas podría dilucidar por qué solo hay dos personas negras entre los 80 finalistas de los Games?

Algunos autores han analizado este tipo de aproximaciones y sugieren que muchos de estos estudios incurren en un error sistemático: dar por bueno el determinismo genético sin rechistar. Es decir, para sentenciar que los atletas negros son buenos esprintando y malos en la piscina hay que asumir varios mantras dudosos para los filósofos de la ciencia, como que todos los negros son genéticamente iguales entre sí, que sus genes se expresan igual en todas las personas supuestamente negras, que esa genética es diferente a la de otros grupos raciales o, incluso, que existe base científica para afirmar que existe algo que pueda llamarse “raza”. De hecho, una gran parte de los estudios que quieren añadir parámetros raciales en sus mediciones recurren a métodos bajo sospecha, como cuestionarios de identificación racial subjetiva o, peor aun, la percepción visual del investigador. En palabras de Vinay Harpalani, profesor en la Facultad de Derecho de Savannah, Atlanta, y experto en discriminación, “el determinismo genético podría ser el concepto científico más malinterpretado y del que más se ha abusado en toda la ciencia y, en particular, en la presentación al público de la investigación científica”.

“El determinismo genético podría ser el concepto científico más malinterpretado y del que más se ha abusado en toda la ciencia”

La sombra de la ‘ciencia racial’

La confusión —y la alerta— llevaron a la Asociación Británica de Ciencias del Deporte y el Ejercicio a publicar una toma de posición sobre la investigación genética aplicada al deporte. Según los autores, la búsqueda de diferencias entre poblaciones humanas es “un aspecto potencialmente problemático de la investigación genética en el deporte”. Para ellos “hay pros y contras en la investigación genética de diferencias entre grupos étnicos”. Por un lado pueden ser malinterpretados o usados de manera torticera como “ciencia racial”, pero por otro lado podrían ayudar a mitigar la infrarrepresentación crónica de ciertas minorías en la literatura científica y en las políticas de salud pública. Los autores recomiendan recalcar ciertas cautelas éticas para evitar un mal uso de la investigación genética: “En primer lugar, debería enfatizarse que para la mayoría de los rasgos y expresiones genéticas hay mucha mayor variación dentro de los grupos étnicos que entre grupos étnicos diferentes, aunque —añaden— sería sorprendente que la genética no tuviera ningún papel en el éxito de los corredores de África Oriental en la larga distancia, las proezas de los africanos occidentales en la velocidad o el desempeño de los sherpas nepalíes a ocho mil metros de altitud”. El sociólogo Brett St Louis es más categórico y asegura que buscar diferencias raciales en el desempeño físico es tan cuestionable como los viejos intentos de encontrar distinciones en el nivel de inteligencia de diferentes grupos étnicos.

“Para la mayoría de los rasgos y expresiones genéticas hay mucha mayor variación dentro de los grupos étnicos que entre grupos étnicos diferentes”

Alethea Boon durante los Reebok CrossFit Games, foto cortesía de CrossFit Inc.
Alethea Boon durante los Reebok CrossFit Games, foto cortesía de CrossFit Inc.

Los ingredientes negros del CrossFit

Aunque esté lleno de imprecisiones, el debate coloquial sobre la llamativa ausencia de minorías en el CrossFit sigue siendo un tema de conversación en muchos boxes. Suponiendo, lo que es mucho suponer, que sea ético tratar de buscar excusas fenotípicas para explicar la omnipresencia de blancos en la élite del CrossFit, ¿se entendería semejante sesgo? Veamos.

El CrossFit, al fin y al cabo, es una conjunción de disciplinas muy variadas: desde básicos de la calistenia hasta clásicos del entrenamiento de fuerza, el powerlifting y la halterofilia. Todo salpicado con algunos malditos días de cardio. ¿Acaso son actividades donde los negros también brillan por su ausencia?

Según una encuesta de USA Gymnastics, el órgano regulador de la gimnasia de competición en EEUU, el porcentaje de personas negras en esta disciplina era del 6,6 por ciento hace unos años, menos que en el conjunto de la sociedad, pero bastante más que en los Reebok CrossFit Games —además, otras minorías, como la asiática, están sobrerrepresentadas en la gimnasia y son anecdóticas en el CrossFit profesional—. Y ampoco sería de extrañar que los datos hubiesen mejorado tras la influencia del fenómeno multiétnico del equipo femenino de gimnasia en los Juegos Olímpicos de Río.

En cuanto al entrenamiento de fuerza, los afroamericanos ocupan un porcentaje mayor que en el conjunto de la sociedad y supondrían el 22 por ciento de los asiduos a los hierros, según datos gubernamentales de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE.UU. Un estudio realizado entre agentes de policía mostró que los agentes negros levantaban más peso en press de banca que los agentes blancos. Y el único hombre del equipo estadounidense de halterofilia en Río 2016 fue el afroamericano —y vegano y cristiano practicante— Kendrick Farris, que además batió el récord de EEUU tras levantar 377 kilos con un snatch de 168 kg y un clean and jerk de 209 kilos.

 

Así que si los negros pueden lograr buenos resultados en disciplinas inherentes al CrossFit, como la gimnasia o la fuerza, y además las practican, la explicación genética, además de éticamente cuestionable, parece fisiológicamente errónea.

El CrossFit, un reflejo de la historia

Entonces, ¿qué razones quedan para explicar que no haya más hombres y mujeres de color calzando unas Nano 7 y moviendo discos de Rogue? Los argumentos vuelven a bascular hacia la sociología. Jay Coakley es uno de los sociólogos del deporte más renombrados del mundo y su libro, Sports in Society, es un manual obligatorio en muchas facultades. “Las actividades deportivas y recreativas en EEUU están informalmente segregadas y lo han estado desde los primeros días que siguieron a la esclavitud”, nos explica Coakley desde Colorado. “Hay una falta de equidad y justicia en los deportes y en la participación deportiva que refleja siglos de prejuicios raciales y discriminación hacia los afroamericanos y latinos principalmente, igual que refleja patrones informales de segregación en vivienda, escolarización, empleo… Es imposible —concluye Coakley— comprender los Estados Unidos sin un entendimiento profundo de la historia y las dinámicas de raza, racismo y prejuicios étnicos. El CrossFIt es simplemente un microcosmos social que refleja esa historia y esas dinámicas”.

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